martes, 31 de enero de 2012

Bolas de espuma de afeitar

Ocurrió una tarde de diciembre. Era el primer día de vacaciones de Navidad pero hacía demasiado calor. El verano se instaló en Mayo y todavía no les había abandonado. El otoño pasó de largo y el invierno hacía unas horas que había comenzado. Desde hacía unos años las estaciones eran una abstracción, un nombre con el que identificar los trimestres del año, pero apenas se diferenciaban unas de otras. 
María, aquella tarde, prefirió no ir al parque con sus amigas y quedarse en casa haciendo compañía al abuelo Nicolás.
En la tele hablaban del tiempo. Siempre el mismo tema: Anticiclones permanentes, sequía, embalses vacíos, huracanes sin agua y lluvias torrenciales ocasionales que arrastraban todo a su paso y sobre todo calor, mucho calor. Se levantó desganada del sofá y se acercó a la ventana. A través del cristal observó los árboles del jardín. ¿Qué extraño? pensó, nunca me había fijado en ellos. El aire caliente movía sus hojas. María quedó atrapada en su vaivén y le pareció que esas hojas amarillentas y mustias tenían ganas de llorar. Le pareció que pedían a gritos caer suavemente sobre el césped y quedarse tranquilas alfombrando el suelo. El viento cálido del sur, quería convencerlas de que todo iba bien, pero también le pareció, que ellas no le creían.
El abuelo Nicolás estaba sentado en su mecedora y dormitaba inquieto. El calor parecía producirle un sopor pegajoso, lleno de sueños y de fantasmas.
Se despertó sobresaltado. ¡Otra vez tormenta¡ Si al menos cayera una buena manta de agua, susurró. Retírate de la ventana niña dijo preocupado, No sea que tengamos un disgusto. El tiempo está loco y no me fío de él.
María obedeció y se sentó, de golpe, en el sofá. Hinchó enfadada los carrillos y dejó salir, bruscamente, el aire de su boca. Abuelo, dijo ¿Por qué todos los días hace tanto calor? ¿Por qué todos los días hay tormenta? Tengo la ropa pegada al cuerpo. Estoy incómoda, enfadada. ¡Ay! hija. Es lo que hemos conseguido, dijo el abuelo entristecido. María se quedó unos minutos pensativa y volvió a preguntar.¿Cómo era abuelo? ¿Cómo era el invierno cuando eras niño?
El abuelo se levantó despacito y se acomodó a su lado, en el sofá. Siempre me dices que cuando eras pequeño hacía mucho frío, que el invierno era diferente, dijo la niña acurrucándose en su regazo. Si, cariño, era diferente. Hacia frío, niebla, viento, lluvia.
Me gustaba el invierno.
El abuelo se quedó callado unos instantes, como si en su cerebro se estuviera procesando información antigua, y comenzó a hablar suave. Las palabras salían de su boca nostálgicas pero firmes y preocupadas: Cuando se echaba la niebla y las nubes bajaban hasta el suelo y lo cubrían todo, no se veía nada y la humedad era parecida a la que hoy sientes pero mucho más fría. Pero eso no era divertido ¿No? Pues no, la niebla, a veces, no era divertida. Todo se ponía gris y húmedo. Pero era mágica, hacía desaparecer las casas, las calles y los montes y con su sudor frío hacía posible una primavera verde y llena de flores.
El abuelo Nicolás le miró con ojos brillantes y con voz emocionada continuó: Con la niebla jugábamos a fantasmas pero lo que más nos gustaba era la nieve. Cuando nevaba era fantástico ¿Cómo era la nieve? dijo María, algo más animada. Verás, había días que cuando nos levantábamos de la cama y nos asomábamos a la ventana, veíamos caer del cielo pequeños trocitos de hielo: blancos y suaves, como la espuma de afeitar cuando la soplamos en el cuarto de baño cuando me afeito. Los dos se rieron divertidos.
Todo se vestía de blanco: Los jardines, los tejados, las calles. Eran días de fiesta. A veces, no podíamos ir al colegio porque había tanta nieve, que los coches se quedaban atrapados y no podían circular, así que los chicos y chicas del barrio nos poníamos el abrigo, la bufanda, el gorro, los guantes, las botas y salíamos a jugar a la calle. Hacíamos guerras de bolas y grandes muñecos de nieve. Una vez mi amigo Luís me tiró una bola y me dio en el ojo. Lo tuve morado varios días.
Nicolás calló un momento de nuevo y sonrió con nostalgia ¿Qué ha pasado abuelo? ¿Por qué yo nunca he visto nevar? ¡Ay hija! Suspiró de nuevo el abuelo. Hemos herido de muerte a este planeta y el clima ha cambiado tanto que todos estamos un poco perturbados.
El abuelo, está vez, se quedó en silencio mucho rato, inmóvil, con la mirada perdida, pensativo, recordando: Recordó las hojas secas. En el otoño caían de los árboles y cubrían calles y parques con una gigantesca alfombra amarilla. Recordó que sentía un placer especial en arrastrar los pies por las calles alfombradas. Oír el susurro de las hojas: “criss”, “crass”,“criss” “crass” Recordó que un día de finales de Octubre cuando iba a casa, una castaña pilonga le cayó en la cabeza. Los pinchos de la cáscara se clavaron en su piel y su madre tuvo que quitarlos, uno a uno, con una pinza. Recordó que el viento helado del Norte, conseguía siempre poner su nariz colorada, las manos amoratadas y la punta de los dedos blancos, aunque llevara guantes. Recordó a Matías
Sabes dijo de pronto, quisiera volver a vivir el invierno. Recuerdo que cuando era niño estaba de moda una película: Un científico loco había construido un coche que podía viajar en el tiempo. Era fabuloso. Podía cambiar las cosas mal hechas en el pasado y mejorar el futuro. Me gustaría volver a pasar un poco de frío. Este maldito calor no me deja respirar, apenas puedo dormir y a veces siento un poco de miedo. Además, dijo Nicolás sonriendo de nuevo ¡Me encantaría que vieras la nieve!
María tuvo una idea: Eso es fácil abuelo. Dame tu mano, cierra fuerte los ojos y viajemos al pasado. Yo voy contigo. ¿Te importa que llevemos pasajeros? dijo emocionada.
¿A quién más quieres llevar? dijo el abuelo sonriendo. Quiero que los árboles del jardín viajen con nosotros. Necesitan un poco de frío para que las hojas puedan descansar.
Se quedaron dormidos, cogidos con fuerza de la mano. María nunca supo cuanto tiempo pasó. Sólo supo que se despertó asustada con un enorme trueno. La mano del abuelo estaba muy fría. Un escalofrío recorrió su espalda, la garganta se le cerró y notó que por sus mejillas corrían dos lágrimas heladas. Se secó los ojos con la palma de la mano y acarició despacito la frente del abuelo. Acercó sus labios a su oído y casi en un susurro le dijo:
Ya está abuelo. Ya está. Has conseguido tu invierno, ahora ya puedes descansar tranquilo. La ventana se abrió empujada por un fuerte y gélido viento del norte. Miles de hojas que se habían caído de los castaños, de los tilos, de los álamos del jardín, entraron en la casa. Bailaron en círculo alrededor del abuelo. La habitación se vistió con una alfombra dorada. La niña salió al jardín. La bochornosa tormenta había desaparecido y del cielo caían pequeñas bolas blancas. El abuelo tenía razón. Eran suaves y frías, parecidas a la espuma de afeitar que soplaba cuando el abuelo se afeitaba por las mañanas.

lunes, 30 de enero de 2012

Una tarde de final de verano

Veo mecerse al abedul. En lo más alto, en la copa, el sol alumbra sus hojas confiriéndole un color dorado. Las flores del hibisco se han cerrado y desde mi rincón parecen rosas recién nacidas. Es un efecto óptico fruto de mi miopía, pero me ensimismo en él, después de todo que más da.
La tarde cae poco a poco y en mi jardín predomina el verde oscuro. Algunas flores todavía resisten el paso del verano. Hoy respiro soledad elegida. Un libro en mi regazo y palabras en mi pensamiento, palabras no pronunciadas, palabras pensadas, palabras elegidas de entre muchas. Me gusta elegirlas más por su estética que por su semántica.
Los sonidos de la tarde atruenan mis oídos. Atruenan, !qué palabra tan antigua! pero no encuentro otra, porque realmente las palomas, las urracas, los gorriones, los vencejos o golondrinas, el aleteo pelma de las moscas, algún perro, el viento que agita los árboles y los aviones que cruzan a cientos , atruenan.
Sin embargo no oigo voces, sólo escucho la mía o más bien imagino que la escucho. Y, a todo esto, yo le llamo silencio.

Clara

Clara está haciendo la cama con cuidado y con mimo. La miro y compruebo que para ella es como un ritual: Pliega los bordes con matemática precisión, alisa las arrugas como si en su mano tuviera una plancha caliente, coloca las almohadas. Apenas le cuesta unos minutos, es una tarea aprendida, cotidiana.
Ella no sabe que la observo, que llevo treinta años observándola y que en los últimos meses me tiene muy preocupado. No paro de mirarla y cuando la miro me quito de la cabeza el fantasma de la tristeza y me digo a mí mismo que sólo estoy obsesionado, pero cuando me mira, noto sus ojos rojos y extraviados. Rojos como si hubiera llorado, pero no llora porque se le ha olvidado llorar. Cuando habla no le salen las palabras y no relaciona bien las ideas. Ella sabe que se le olvidan las cosas pero lo acepta con una sonrisa. Intento quitar importancia a sus despistes y la trato con rudeza, la misma rudeza de siempre, fingida como siempre. Es un juego que sólo nosotros conocemos. Y sigo haciéndome el duro e intentando no mostrar mi angustia y mi preocupación. No hablo de esto con nadie pero pido auxilio con la mirada.

martes, 10 de enero de 2012

Una bola púrpura

En Navidad, una sola bola adorna mi casa. Es una bola pequeña de color púrpura taladrada por un agujero en el que se puede meter un cilindro de papel con un deseo o un mensaje.
La coloco colgada de la llave de la puertecita del reloj de mi abuelo y lo hago para despedir el año o para recibir al nuevo. Nunca en Noche buena. Es una especie de conjuro y a la vez un pequeño e íntimo acto de rebeldía contra lo establecido. Es un decir:" A mi no me manda nadie y hago lo que se me antoja" y es mentira porque no hay forma de salir de las fiestas a golpe de decreto, no hay forma de renegar de las imposiciones festivas religiosas, seas atea o budista. No hay forma de apagar la pantalla de la tele que huele a colonia empalagosa y nauseabunda. No hay forma de dejar de sentir carencias con más fuerza que el resto del año. Por eso, esa pequeña bola de color púrpura pone de manifiesto mi rebeldía  y también mi resignación. Es lo que me recuerda que vivo en este mundo y que bajarse del tren en marcha no es la solución que quiero, así que me bajo en algunas estaciones, cada vez en más, y pongo una bola en Navidad que me recuerda que a pesar de todo me gusta viajar en este tren.